Raúl Pino-Ichazo Terrazas EDUCACIÓN PARA ATENUAR LA ABOMINABLE ESTADÍSTICA DE FEMINICIDIOS
martes, 10 noviembre 2020 - 06:00 AM - La Voz de Tarija


Con criterios superficiales se sugiere reformar el Código Penal  y las leyes protectoras a la mujer para disminuir los feminicidios; si se las lee detenidamente se obtendrá la conclusión que son normas bien concebidas, solo que necesitan la implementación y la observación por jueces bien formados y no contaminados por la corrupción; otra acción importante le corresponde a la Policía que debe dejar de proteger a los hombres por un sentido inequívocamente erróneo de protección  a la supuesta  dominación de la mujer por el hombre que, todavía es avalada por gran parte de la sociedad.

En  innumerables columnas insistí en concienciar a la sociedad  sobre este abominable tema que priva a todos de la mujer, el ser más importante de la creación. Los organismos oficiales  se  atreven a publicar las estadísticas de feminicidios  sin considerar que los no denunciados superan al número oficial; esa dicotomía se genera por la comprensible desconfianza en la justicia y en la Policía, confirmando que esta realidad sitúa al país  como uno más de los que no cuidan  ni veneran  la aplicación justa de los postulados inscritos en el ordenamiento jurídico.

Observe la lectora y el lector sensibles que todavía existen abogadas mujeres que se oponen a la ley 603  sobre el divorcio, solo porque ha sido promulgado por un gobierno anterior lo que es un desatino en formación jurídica y dogmatización política; esta norma facilita en trámite sumarísimo desembarazarse legalmente del cónyuge maltratador y agresivo y de no  acogerse  a esta norma, termina  su vil cortejo asesinando a la mujer que se planta frente a él por sus convicciones. Eso es valentía y coraje extraordinarios que no resisten ante la fuerza física del macho, consensuando por simple sentido común que Dios no le asignó fuerza al hombre para  interrumpir  la vida de nadie.

Este tema se circunscribe a la insistencia por el equilibrio y el respeto a la mujer y se deben conocer nuevamente los motivos que impulsan al hombre a perder su racionalidad y convertirse, destruyendo su vida ad aeternum, en homicida.

Si una persona se preocupa intensamente por este todavía insoluble problema social, se debe seguir insistiendo en su gravedad; para lograr ese propósito la prensa asume un rol preponderante pues leer artículos esclarecedores sobre el feminicidio  que elimina al ser más importante de la creación, orada la consciencia de la sociedades para no elegir la rutina y la indolencia cuando nuestro propios hogares no son afectados por este execrable delito, pero  sí el de los otros.

Fundamental es adentrarse a las causa de este destino humanos del instinto masculino de dominio y posesión de otros ser humano.

La primera causa nos retrotrae a  historia y la literatura  que son ricas en ejemplos sobre los celos que son expresión inequívoca de la inseguridad de la posesión: Otelo con la obsesión del Moro que tiende a inducir a aborrecer el amor; su falta de sentido crítico le induce a prestar atención a las sutiles y premeditadas insinuaciones de Yago y su imaginación le crea una jaula en que va quedar prisionero como un implacable felino en su fiereza. Gabrielle D Annuncio en el “Inocente” describe magistralmente la  pasión de Tulio Hermill que estremece al lector por el  crimen que comete por su incontenible amor.

La segunda es la diferenciación de celos, pues el celoso de imaginación  es altamente peligroso, duda sin pruebas temiendo el engaño que zahiere su amor propio y dignidad; el celoso de los sentidos que supone o sabe, duda de la exclusiva posesión  en el futuro y sufre de no poder olvidar lo que ha perdido y,  más intensos son los celos del corazón que perdonan y siguen amando, extrayendo la conclusión de orden psicosomático que a cada temperamento le corresponde un tipo distinto de celos  y su consecuente reacción.

Los celos difieren en cada individuo pues nunca se equiparan el temperamento y la experiencia. El que ama como Werther, la excepcional creación de Goethe no puede tener celos análogos a los que aman como Don Juan; el inteligente, el tonto, el soberbio y vanidoso, el digno, el joven, el viejo celan de distinta manera así cada celoso tiene los celos según su forma de amar.

Son diferentes en profundidad los celos del amante y del cónyuge pues son muy distintos los egoísmos exaltados en celos por la seguridad de posesión y propiedad en el cónyuge y  en los del  amante obra el amor propio.

La infidelidad revela al amante la desilusión de otro amor y le humilla admitir la desilusión amorosa del ser que aun sigue siendo el objeto de su propia ilusión; por el contrario, para el cónyuge la infidelidad representa un hurto en perjuicio de la posesión exclusiva y perenne pactada contractualmente en el matrimonio.

Observe la lectora que mientras se cobije en el espíritu del hombre la posesión, siempre las relaciones serán tortuosas pues implica sumisión y subestimación a la mujer, lo cual hoy es parte de la noble lucha de la mujer por la igualdad plena de género.

Ilustrativo para los  lectores es distinguir los celos de otras pasiones que le son parecidas; suele denominarse amor a varios sentimientos que tienen raíces instintivas diversas y no presentan un homogéneo contenido afectivo y con la misma imprecisión se denominan celos a varias formas de egoísmo o de envidia; los niños, se dice, celan a sus hermanos cuando los suponen preferidos, los padres se celan entre si cuando se concede a otros la confianza que cada uno ansiaría le estuviesen reservadas en exclusividad.

Es en el amor propiamente dicho en que la afección entre personas de distinto sexo donde los  celos expresan pasión desequilibrada y casi siempre dramática, conmovedora e infelizmente trágica.

La imaginación estructura los celos más trágicos; el celoso imaginativo construye absurdas quimeras que lo obsesionan, no teme lo que sabe sino lo que ignora; los celos de imaginación cuando nacen sobre temperamentos perversos se convierten en un insaciable afán de hacer sufrir, en un verdadero sadismo sentimental.

Los celos del que ama con los sentidos sufre la pasión de los mismos bajo otra forma ya que objetiva las imágenes físicas de la infidelidad y  en esta clase de celos tiene parte mayoritaria el sentimiento de propiedad que el amor propio; el daño causado irrita más que el temor de la pérdida de reputación y, si no puede perdonar, debe dejar de  amar pues seguirá atormentando a la persona que pretende creer amar.

Cuando solo se ama a sí  mismo no puede seguir llamando amor a su vanidad, a su odio; el mal ajeno nunca fue remedio al dolor propio pues se  extraña la dignidad en los celos que no perdonan ni olvidan. Por ello la moral cristiana no es obsecuente cuando pregona que debe preferirse al celoso que sufre y perdona al celoso que odia y mata.

Será un imperativo que la felicidad de los amantes se emancipe de los prejuicios egoístas que envenenan toda experiencia sentimental, obteniendo como corolario importantísimo que se debe respetar profundamente a la mujer y con convicción al ser más importante de la creación, y ese respeto implica no agredirla ni tener intención de hacerlo.

 

por: Raúl Pino-Ichazo Terrazas

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