“Los puentes de Madison”: los secretos de una gran historia de amor y la intimidad de una escena inmortal


25 años

“Los puentes de Madison”: los secretos de una gran historia de amor y la intimidad de una escena inmortal

“Los puentes de Madison”: los secretos de una gran historia de amor y la intimidad de una escena inmortal
Los problemas para encontrar un director. Cuando Robert Redford casi le quita el protagónico a Clint Eastwood. El rechazo y las dudas de Meryl Streep. Los cambios claves que hicieron al libreto. La decisión de filmar casi sin ensayos. Y el paso a paso de un final que aún hoy estremece
martes, 23 junio 2020 - 06:00 AM - Agencias


Robert James Waller había sido profesor universitario toda su vida. Llegó a ser el decano de la Facultad de Economía de Indiana. Pero luego de décadas de labor, cuando pisaba sus cincuenta años, decidió retirarse y dedicarse a sus aficiones: la fotografía y la música. Dos años después se convertiría en un fenómeno global pero en otra rama del arte. Su libro, Los puentes de Madison, se transformó en un best seller abrumador. Dos años encabezando los rankings con millones de copias vendidas de un texto escrito en solo once días.

La inspiración para la obra provino de diferentes fuentes. Por un lado, un viaje de Waller con un amigo para fotografiar los puentes de Madison. Argumentalmente la novela es deudora evidente de una obra teatral de Noel Coward que luego fue adaptada al cine por David Lean como Breve encuentro. Antes de ser editado el libro, Amblin, la productora de Steven Spielberg, compró los derechos cinematográficos por 25 mil dólares. Algo habitual en Hollywood; una apuesta que se convirtió en un gran negocio.

La novela fue un éxito fenomenal, y la adaptación cinematográfica se convirtió casi en una obligación. Spielberg quería dirigirla. Mientras se terminaba el guion eligió al protagonista masculino: Clint Eastwood. Kincaid en la novela parecía haber sido descrito mirando una foto de Eastwood, aunque el actor era más grande. En realidad, Waller se describió a sí mismo (al menos como él se veía).

Eastwood aceptó de inmediato la invitación de Spielberg. Mantenían una relación de amistad desde principios de los setenta, pero la primera vez que iban a trabajar juntos en cine (Clint había dirigido un capítulo de las Historias asombrosas televisivas en 1985). Eastwood exigió ser, también, coproductor. Pero Spielberg fue absorbido por La lista de Schindler. Ese proyecto le llevó mucho más tiempo que el calculado.

Spielberg buscó otro director. Sidney Pollack se mostró interesado y empezó a trabajar. Pero Pollack no quería saber nada con Eastwood; su actor era Robert Redford. Después de varios meses Redford y Pollack se retiraron de la película, que otra vez quedó vacante.

La historia seducía a varios nombres rutilantes. El éxito del libro era tan grande que se volvía evidente que la película iba a funcionar en taquilla. El siguiente en tomar el mando fue Bruce Beresford, que venía de ganar el Oscar con Conduciendo a Miss Daisy. Eastwood volvió a ser el protagonista. El physique du rol perfecto para Kincaid, aunque los papeles románticos no fueron lo habitual en su carrera. Muy pronto Eastwood y Beresford colisionaron. El guion que prefería el director era más fiel a la novela que el que había escrito Richard LaGravenese y que prefería el actor.

La gran disputa, sin embargo, era por el papel protagónico femenino. Beresford quería a Lena Olin o a Isabella Rosellini. Eastwood clamó por Meryl Streep. Luego de varios tironeos y de ofertas a otras actrices, llegó la propuesta a Meryl, que la rechazó. Los rumores indican que el motivo fue que no podía admitir no haber sido la primera opción. Beresford también se fue, y los directivos de Warner le ofrecieron la dirección a Clint. Él pidió 24 horas para responder. Viajó en un avión del estudio a ver unas locaciones, se aseguró de que el guion sería el de LaGravane, llamó a Meryl Streep, y exactamente un día después aceptó.

Habían pasado 22 años desde la última película de Eastwood como director con un cariz romántico, Interludio de amor protagonizada por William Holden.

Meryl aprovechó estas idas y vueltas para exigir un salario de cuatro millones de dólares y un porcentaje de los beneficios.

La película se convirtió, también, en un éxito. Y de a poco se consolidó como un clásico.

El film es muy superior al libro. La historia es similar, pero en el camino quedaron todas las líneas sentenciosas, las frases de sobrecito de azúcar, la efusividad extrema y algo afectada. El libro es directo, sin lecturas entre líneas, repleto de pasajes cursis.

Cuando la pareja tiene sexo, Kincaid susurra al oído de Francesca: “Soy el camino y un peregrino y todas las velas que fueron al mar”. ¿Alguien en su sano juicio puede imaginar a Eastwood diciendo este parlamento (y lo que es peor: diciéndolo desnudo)? El estilo seco y controlado de Clint potenció la historia. Convirtió a los personajes en queribles y verosímiles. Es más: por momentos uno piensa que hasta podría haber sido una película muda.

La otra gran decisión fue cambiar el punto de vista. La novela está construida desde el punto de vista del fotógrafo, mientras que la película la vemos desde la perspectiva de Francesca. Estos cambios (más algunos otros: como la inclusión de los hijos ya mayores, que van descubriendo la historia de la madre junto al espectador) fortalecen la historia, hacen que encuentre su verdadero tono.

A Eastwood nunca le gustó demasiado el estilo del libro, la voz solemne de la novela. Y con su habitual falta de vueltas lo dijo alguna vez. Cuando estaba filmando Medianoche en el jardín del bien y del mal (basada en una novela de John Berendt) hizo una distinción que no admite doble lecturas: “El libro de Berendt es más inteligente, está mucho mejor escrito que el de Robert James Waller, cuya prosa es demasiado florida”. Lo que lo atrapó fue la simpleza de la historia, su universalidad. Un encuentro posible entre dos personas que se descubren, que se dan cuenta de que su vida no terminó.

Es una historia de amor. Una gran historia de amor de cuatro días de duración. Kincaid es un trotamundos, solitario, fotógrafo de National Geographic, que retrata lugares, el alma de diversos lugares, con su cámara. Francesca es una ama de casa, que pasó los cuarenta años, con una vida monótona. De origen italiano, está casada desde el final de la guerra con un granjero de Iowa, un buen hombre y trabajador. Francesca postergó sus sueños. Y durante un fin de semana de 1965, en que su esposo y sus hijos se van a una feria estatal, ella conoce a Kincaid.

La película se toma su tiempo. Dura más de dos horas. Pero parece la única manera de mostrar ese romance, de ver cómo aparece la atracción, cómo se enciende el amor. Para hacernos ver que ese amor de cuatro días es para toda la vida. “Es una historia que no puedes apurar, que hay que mostrar casi en tiempo real. Si no se corre el riesgo de quedarse solo con el esqueleto de una historia, con una historia muerta”, declaró Eastwood. Era la única manera de ver el conflicto interno de Francesca, sus dudas, sus temores, la manera en la que sopesa los riesgos, la ansiedad.

Las miradas, el primer roce, las risas, el baile lento en la cocina mientras en la banda sonora canta Johnny Hartman. Nada está subrayado. Los actores esquivan el exhibicionismo y la magia entre ellos ocurre gracias a esa contención. El desafío estaba en transmitir el amor y la pasión sin caer en el erotismo explosivo del Hollywood de los noventa. Acá todo es más pudoroso y contenido.

Clint Eastwood tomó una decisión clave para que esto suceda. Decidió ensayar muy poco en la etapa previa a la filmación. “Soy del linaje de John Ford y de Howard Hawks: intento que las cosas sucedan en la pantalla”, suele decir. Y diseñó el rodaje en forma cronológica. Cada escena se filmó en el orden en que aparece en la película. Supuso, con razón, que la evolución de ese vínculo entre los personajes sucedería también entre las dos estrellas.

Meryl Streep está contenida, pone por delante a Francesca antes que a su lucimiento personal. Eso produce un efecto de verdad, conmovedor. Eastwood hace lo de siempre. No hace ni una de más. Pero si uno se pone a repasar las escenas advierte que se enamora, besa, se apasiona, ríe, baila. Una gran actuación.

Streep cuenta que en la escena de la despedida en la cocina en la que Kincaid comienza a llorar, ella le reprochó a Clint haberse dado vuelta, haberle dado la espalda a la cámara. Le dijo que desperdiciaba una gran oportunidad para lucirse como intérprete. Clint la miró y respondió: “Es mucho mejor para la película que Kincaid oculte su llanto”.

Eastwood reconocido por Harry el sucio, por la Trilogía del dólar, de Sergio Leone, y por los papeles de acción, sorprendió en este rol romántico. “A la gente le gusta encasillarme. Pero hice los Harrys, los westerns, las películas de acción, comedias. Creo que pasé por casi todos los géneros. ¿Por qué no le exigen a Dustin Hoffman que siempre haga El graduado?”.

La película tuvo que sortear un inconveniente más antes de su estreno. La calificaron como R (Restricted). Lo que reducía sensiblemente el posible público. El motivo fue porque en un momento Kincaid dice “fuck” no como insulto sino en su acepción sexual. Eastwood apeló y triunfó. El film fue recategorizado como para mayores de 13 años (PG 13) y batió un modesto récord: fue el primero en contener esa palabra y no ser R.

El lector que llegó a este punto, que surcó tantos párrafos anteriores, lo hizo exclusivamente para leer lo que sigue, para rememorar la escena que todavía le estruja el corazón, que lo hace estremecer cada vez que la recuerda o la vuelve a ver. Acá tendría que ir el disclaimer de spoiler. Pero no lo habrá. Y los motivos son dos. Por un lado lo que motiva esta nota es el aniversario número 25 del estreno de la película: ya pasó demasiado tiempo. Por el otro, esta escena es el corazón de la película.

Ellos, los amantes, ya se despidieron. El marido ya volvió de su paseo. El matrimonio hace compras en el pueblo. Cae un diluvio. Francesca sale de un local y entra apurada a la camioneta. Espera que vuelva su marido. De pronto reconoce la camioneta de Robert Kincaid. Él baja y se para en medio de la calle mientras la lluvia cae sobre él. La mira, empapado. Se miran. Fijo. Él debe estar llorando pero no lo sabemos con certeza por culpa de la lluvia. Luego sonríe, resignado, y vuelve a su vehículo. Francesca se estremece. Pero regresa el marido y se recompone. Nadie habla. Las dos camionetas, cuando parece que se alejan, vuelven a acercarse. Los detiene un semáforo. Adelante, Kincaid. Detrás, pegada, Francesca. Ve cómo Kincaid saca de la guantera un colgante de ella y lo cuelga del espejo retrovisor. La lluvia sigue cayendo. La luz de giro titila. El semáforo cambia y le da paso. Pero Kincaid no arranca. El marido de Francesca, ignorante de lo que sucede, no se impacienta, espera con ese respeto cívico de los pueblos del interior norteamericano. Francesca, duda, se debate, ahora la tormenta también ocurre dentro de ella. Aferra la manija de la puerta. La aprieta muy fuerte y de a poco la va girando. ¿Se va a bajar? ¿Abandonará a su marido por su amante? ¿Será capaz de dejar a sus hijos? El marido se cansa y toca bocina. Son segundos de quietud pero parecen horas mientras la mano sigue bajando el picaporte. Pero nunca termina de hacerlo. Kincaid arranca. La camioneta con el matrimonio de Francesca gira hacia otro lado. Ella se contorsiona en el asiento del acompañante. Sigue con su vida y con su familia.

La tensión es extraordinaria. Las lágrimas casi una obligación. Pocas veces mejor mostrada la libertad, las opciones, lo que acarrea una elección.

La redacción de la revista National Geographic llegó a recibir más de 10 llamados diarios preguntando por Robert Kincaid. Las existencias del número de mayo de 1966, en el que se muestra en la película, se agotaron retrospectivamente. La desilusión se instalaba en los compradores cuando descubrían que el ejemplar traía en la tapa un reportaje fotográfico sobre el puente de Golden State y no sobre los puentes de Madison. Aun cuando los empleados de la revista les aseguraban a los que llamaban o se acercaban que Kincaid era un personaje ficticio, la gente se resistía a creerlo.

Los puentes de Madison fue un suceso de taquilla. Al cumplirse un cuarto de siglo de su estreno, la película sigue manteniendo su fuerza. Se convirtió en un clásico moderno. En eso, en su perdurabilidad, también superó al libro.

Los puentes de Madison es una película que nos muestra lo que el personaje de Francesca dice en off, que “el misterio del amor es puro y absoluto”.

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Actor, director y productor

El Festival Internacional de Cine de Morelia premiará la trayectoria de Robert Redford

El Festival Internacional de Cine de Morelia premiará la trayectoria de Robert Redford
jueves, 10 octubre 2019 - 06:00 AM - Agencias


El Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) tendrá un invitado especial en su 17ª edición. El actor, director y productor, Robert Redford, será galardonado con la presea a la Excelencia Artística por “su extraordinaria trayectoria y por las valiosas aportaciones que su trabajo ha hecho a la industria cinematográfica”.

Para premiar su trayectoria, el FICM le otorgará el premio a la Excelencia Artística, el cual fue otorgado por primera vez al realizador mexicano Alfonso Cuarón en la edición pasada del festival.

Robert Redford es actor, director, miembro del consejo del Natural Resources Defense Council desde hace casi 30 años y cofundador del Centro Redford, junto con su hijo James Redford. Un aspecto importante de su vida y carrera es el Instituto Sundance, que fundó en 1981 y que se dedica a apoyar y formar a guionistas y directores emergentes con visión, así como a distribuir nuevo cine independiente en Estados Unidos y el extranjero. Ha sido un destacado ambientalista y activista desde principios de la década de los 70”, explicó en un comunicado el Festival Internacional de Cine de Morelia.

El comité del Festival indicó que para celebrar la presencia de Robert Redford en Morelia se hará una muestra especial de sus mejores cintas.

Las películas que forman parte de este programa son:

1.- Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969, dir. George Roy Hill)

2.-All the President’s Men (1976, dir. Alan J. Pakula)

3.- Ordinary People (1980, dir. Robert Redford)

4.- All Is Lost (2013, dir. J. C. Chandor)

La 17ª edición del FICM se llevará a cabo del 18 al 27 de octubre de 2019.

Este año se presentarán 60 cortometrajes, 11 documentales, 14 obras michoacanas y 9 largometrajes de cineastas de distintos estados de la República Mexicana. En total habrá más de 100 realizadores mexicanos presentando su trabajo.

El jurado estará conformado por: Eugenio Caballero, aclamado director de arte mexicano ganador del Oscar; Oskar Alegria, reconocido realizador español; la actriz Diana Bracho; Carol Littleton, editora nominada al Oscar;Marina de Tavira, actriz mexicana nominada al Oscar; Cédric Succivalli, crítico de cine y consultor del Giornate degli Autori del Festival Internacional de Cine de Venecia, y Jorge Michel Grau, reconocido realizador mexicano, entre otros.

La 17ª edición del FICM servirá de escenario para estrenar las películas mexicanas: El diablo entre las piernas, de Arturo Ripstein; No One Left Behind, de Guillermo Arriaga; El actor principal, de Paula Markovitch; Perdida, de Jorge Michel Grau; El son del chile frito,de Gonzalo Ferrari, y Cindy la regia, de Catalina Aguilar Mastretta y Santiago Limón.

El año pasado la legendaria estrella de cine Robert Redford anunció su retiro de la actuación tras una larga y fructífera carrera.

El venerado galán de ojos azules, ganador de dos premios Oscar, dijo a la revista Entertainment Weekly que su última película será The Old Man & the Gun, el filme de David Lowery basado en una historia real y en el cual encarna a un ladrón de bancos que fue atrapado 17 veces y se escapó otras 17.

“Nunca digas nunca, pero concluí que hasta aquí llego en términos de actuación, y avanzaré hacia la jubilación tras esto porque lo he estado haciendo desde que tengo 21 años”, declaró Redford en el verano del 2018 en una entrevista con Entertainment Weekly.

«Pensé: ‘Bueno, es suficiente’. ¿Y por qué no salir con algo que es positivo y muy optimista?», añadió la estrella, una de las más queridas y respetadas de Hollywood.

Un gran elenco lo acompaña en esta última película: Sissy Spacek, Danny Glover, Tom Waits y Casey Affleck. Será estrenada el 28 de septiembre por el estudio Fox Searchlight.


Los bandidos que inspiraron la película 'Dos hombres y un destino'

Butch Cassidy y Sundance Kid, ¿murieron en Bolivia?

Butch Cassidy y Sundance Kid, ¿murieron en Bolivia?
martes, 28 marzo 2017 - 17:39 PM - Agencias


El pueblo de San Vicente, ubicado al suroeste de Bolivia, se encuentra a 324 kilómetros de Potosí, la ciudad más cercana y capital del departamento del mismo nombre. La locación minera, árida y desolada, era un poblado fantasma. Hace unos años la empresa Pan American Silver la devolvió a la vida. Ahora es un sitio de extracción de plata y zinc, pero no es el único tesoro que su tierra guarda. Un letrero da la bienvenida a los visitantes con la siguiente inscripción: “Aquí yacen los restos de Butch Cassidy & Sundance Kid”.

Diferentes teorías se han dado a conocer con el paso de los años. Una dice que los bandidos llegaron a París, donde murieron perseguidos por los hombres del empresario minero Carlos Víctor Aramayo, a quien le habían robado en Bolivia. Otra, según Lula Parker Betenson –hermana de Butch y autora del libro Cassidy, mi hermano-, su consanguíneo regresó a EEUU y vivió en el anonimato por años. Félix Chalar, un juez en la ciudad de Tupiza –en Potosí-, colecciona evidencias que da fe de la llegada del dúo a Bolivia. Se respalda en las copias de los papeles que ha preservado y es claro: “Butch Cassidy y Sundance Kid murieron en Bolivia porque existe bastante evidencia. Esos documentos se conservaron en el juzgado de Tupiza hasta 1970. Lamentablemente, un ciudadano estadounidense de nombre Roger McCord se los llevó a EE UU”.

Robert LeRoy Parker y Harry Alonzo Longabaugh, mejor conocidos como Butch Cassidy y Sundance Kid, respectivamente, decidieron escapar de EEUU y continuar su vida criminal en Latinoamérica, huyendo de la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton durante la primera década de 1900. Pasaron por Chile y Argentina, antes de llegar a Bolivia en agosto de 1908. La ciudad de Tupiza, a la que los forajidos llegaron el 29 de octubre de 1908, tenía que ser el escenario de su último golpe.

Chalar lleva la cronología de la llegada de los bandidos a este país andino. Una placa de metal en la que se lee su nombre y su profesión está colocada en una vieja puerta a la entrada de su hogar. En una de las paredes del recibidor cuelgan los carteles de la película Dos hombres y un destino (1969), en la que Paul Newman y Robert Redford interpretan a los bandidos durante su llegada a Bolivia. Y en la otra, una colección de rifles Winchester, revólveres Colt .45 y telégrafos de la época, dando la sensación de estar en un anticuario western.

Chalar saca de un portafolio de cuero desgastado una edición antigua de El Chorolque, un diario local fechado el 31 de octubre de 1908. “Butch y Sundance Kid se alojan en el Hotel Términus. El periódico publica la lista de alojados y en la nómina se puede advertir el nombre de Santiago Lowe, el sobrenombre que utilizó Cassidy en Bolivia”, explica Chalar.

Los forajidos tenían planeado robar más de medio millón de dólares que le pertenecía a Aramayo. Chalar lee una copia de un telegrama, fechado el 4 de noviembre de 1908, que anunciaba el atraco cometido. El dinero era transportado por Carlos Peró, administrador de la empresa Aramayo Francke y Cia., quien fue asaltado en Huaca Huañusca –a 35 kilómetros de Tupiza-. Sin embargo, el dúo solo se encontró con 90.000 dólares en el cargamento. “A Butch y Sundance les dijeron que había más de medio millón de dólares. Ese envío se retrasó una semana y por una mala información no logran ese objetivo”, precisa el abogado.

Chalar relata que los bandidos llegaron a San Vicente el 6 de noviembre de 1908, haciéndose pasar por viajeros. Pidieron alojamiento a Cleto Bellot, el corregidor del pueblo, sin saber que los avances en la comunicación, gracias a la telegrafía, ya habían advertido del asalto. Esa noche, el capitán Justo P. Concha y dos hombres del Regimiento Abaroa, junto al inspector Timoteo Ríos del departamento de policías de Uyuni se enfrentaron al dúo en un tiroteo que cobró la vida de un soldado y de los forajidos.

No fue hasta el día siguiente que encontraron los cuerpos de los asaltantes sin vida. Uno de ellos con un tiro en la frente y el otro en el pecho, según indica uno de los telegramas. “Uno de ellos tenía siete balazos en el cuerpo. Cassidy, aparentemente, terminó el sufrimiento de su amigo herido y después se suicidó”, señala Chalar.

Del cuarto donde murieron los forajidos casi no queda nada. “En San Vicente ha entrado el tema de la privatización de la minería y han puesto todas las casas prefabricadas. No les ha importado demoler el lugar del tiroteo”, afirma Fabiola Mitru, gerente de Tupiza Tours. Su empresa, junto a otras en la ciudad, se ocupa de ofrecer circuitos turísticos que incluyen visitas a los lugares por donde pasaron los bandidos.

Sin embargo, todavía quedan incógnitas. Distintos equipos de antropólogos forenses extranjeros han intentado ubicar los restos en el cementerio de San Vicente, pero no han tenido suerte. En el camposanto, según Chalar, hay, por lo menos, tres capas de cadáveres apilados, como en una fosa común. “Habría que desenterrar todo”, dice. Más de 100 años después de su muerte, la leyenda de los bandidos sigue viva.

(Con información de El Pais de España)